JOSE CELINO Y YO
José Celino, mi abuelo, un viejo de extraño proceder que aprendí a conocer muy bien, era un mecánico chiclayano que llevaba su arte fierrero a las otrora haciendas Cayaltí, y Tumán, muy requerido y respetado por su arte e inventiva agrícola, experto en la tornería y fragua de la época, maestro de muchos que ahora han dado sentido a sus vidas con este oficio.
Dicen que era tacaño como nadie, austero al límite, diplomático y tenaz en esencia, cuando perseguía algún afán; un hombre frío en apariencia, que mostraba su cariño a cuenta gotas para algunos, nunca pedía nada y siempre daba algo para otros, según él, guardaba pan para los tiempos difíciles; juguetón en su seriedad, vivas en la paciencia, que supo aquilatar el tiempo al parafrasear casi siempre su conocida exclamación, “momentos hay en la vida”, como queriendo decir que no hay que apurarse cuando se está apurado.
A causa de abrasar desde su juventud una ideología con fervor, mística y compromiso, ser actor en la acción, purgó cuatro años de carcelería en el panóptico de Lima, las razones para sus captores fueron múltiples, pero sólo una las resumía, era aprista - Eran los tiempos de la persecución.
Me contó en uno de mis viajes con él, que siendo dirigente y antes de ser apresado, tuvo que albergar al “cachorro” en su vivienda-taller - bien que estaba vigilado día y noche - no era para menos - cuando el cerco se estrechó; mi abuela con porte de italiana, salió de la casa junto al perseguido de brazo, ambos con tacos, vestido y mantilla, tal cual dos hermosas mujeres que iban por la mañana a misa de seis – años después ella lo confirmaría con cierta nostalgia.
Relato que a mi poca edad carecía de importancia, talvez habían otros intereses supremos – conocer lima y sus rincones – la historia semejaba a una historia de Roncambole – el francés de las aventuras fantásticas - o Sandokan, el tigre malayo; Sin embargo para él era natural y cotidiana, pasando desapercibida por mi por la forma en que me la hizo conocer. Mas tarde, aunado a otros relatos y vivencias tuvieron el más sincero de los significados – luchar por una causa en la que se cree fervientemente a costa de la exposición de la familia - me estaba haciendo aprista.
Según advertí en la escucha de sus monólogos - Algunos años después - el señor de los milagros, la política, sus amigos de partido, y su jefe era lo mejor que había conocido - su vida encontró sentido y la mía se estaba marcando.
Haya en la década del 70 – después del terremoto - teniendo yo escasos 7 años, este viejo llegó por mi querido Chimbote para visitar a mis padres, lo primero que hizo fue abrazarme y luego saludar a los demás miembros de mi hogar, y entregar a mi madre un bulto – mi primer televisor blanco y negro - Paso la tarde y la noche con nosotros, la tertulia del recuerdo en la lejanía familiar era interesante bienvenida y amena, hasta que en una pausa del silencio, dijo: Voy a llevar a Lima a mi nieto – ¿lo permiten? - su voz era firme y decidida, mis padres se miraron y autorizaron mi viaje, mi felicidad era grande - me preguntaba ¿cuál es la razón de este viaje, que conoceré, que aventuras tendré, etc.?, era la primera vez que viajaría con una persona que recién conocía con uso de alguna razón - era el lazarillo de su vejez.
Un día, del cual tengo el fresco recuerdo, después de comprar ejes metálicos y otros artilugios de la mecánica en la famosa Tacora, y ser dejados en lo no menos conocido y ya desaparecido hotel Colmena durante la mañana, enrumbamos a paso rápido – como siempre – a la iglesia las Mercedes, compramos cirios, dos detentes, y rezó; yo maravillado y callado por la novedad, la multitud, el ambiente de incienso y respeto.
A las 7 de la noche de ese día entre a algo similar a una casa señorial en Alfonso Ugarte – saludos y abrazos en el pasadizo hubieron; yo de cola y prendido del saco – entramos en el piso bajo a una habitación donde vi a dos sujetos de edad cana sentados en unos amplios muebles marrones, que en apariencia eran de cuero; parado en el dintel de la puerta, vi caras de alegría que se reconocían y mezclaban sus cuerpos en abrazos – aparentemente no se veían en mucho tiempo – escuché al sacarme de la cavilaciones de niño referirse a mi – es mi nieto – el viejo me acaricio la cabellera y dijo entre la pregunta y la consabida respuesta; es un nuevo aprista el que me traes – alcé la cabeza y vi unos ojos de paz al tiempo que recibía un medio abrazo muy firme y sentido - me impactó - por ello lo recuerdo nítidamente. A este viejo lo volví a ver a algunos años después en Chimbote, era Víctor Raúl Haya de la Torre.
José Celino y yo retornamos a Chimbote tres días después, parecía mayor tiempo el transcurrido, lo que viví era nuevo y maravilloso, había madurado.
Dr. Jorge Ramal N.
Chimbote, 24 de octubre 2009.

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